Presente simple
Un paso tras otro, un pie tras otro. Sí, quizá todo era así de fácil, así de sencillo. Sin embargo, durante treinta años me había convencido de que la vida se trataba de conjugar todos los tiempos verbales, especialmente el futuro, y que el presente no era el más importante. Quería correr, avanzar, anticipar y me olvidé por completo de lo que significaba simplemente estar aquí y ahora, de tener la mente en el mismo espacio-tiempo que el cuerpo, de sentir el suelo bajo los pies, la lluvia en la cara y apreciar el color de las hojas de los árboles en el cambio de estación.
Quizá el presente no existe porque se esfuma. O quizá es atemporal, perenne y continuo y el presente existe siempre a pesar de que este presente no es el mismo que este, pues ya ha pasado un segundo. No lo sé, me había empeñado en vivir entre un futuro utópico y un pasado nostálgico, ese viaje mental constante que hacía replantearme qué podía mejorar y de qué me arrepentía para elevar (más si cabía) las expectativas de un futuro que no llegaba nunca. Había dejado de mirar todo lo que sucedía mi alrededor a cada instante, de la magia de ser. Tuve que andar más de cien kilómetros durante cinco días para darme cuenta de ello. Sobre todo, para entender que dejar la mente en blanco es vivir el ahora, que no pensar es estar y que el presente es así de simple.

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